Quien cayera en el pesimismo y pensara que los gobiernos nacionales no podían hacer nada, por falta de mecanismos a su disposición, para moldear la economía estarán estos días desconcertados. Yo me incluyo en este, imagino, nutrido grupo. No me extraña que el Partido Republicano se encare con su otrora líder y todavía presidente de EEUU, George W. Bush, para afearle su escasa defensa del neoliberalismo y su viaje a la socialdemocracia, ya que entienden que sólo así se explica una intervención estatal en la economía de mercado. Los gobiernos se esfuerzan para mostrar a la opinión pública que la crisis no les atenaza y que, lo que es más sorprendente, para sustituir directamente al mercado. Prueba de ello es lo ocurrido ayer en España, donde el presidente Zapatero rodeó de toda la solemnidad posible su doble anuncio: 1) Crear un fondo a cargo del Tesoro (incrementando la deuda pública) para inyectar (he aquí el verbo de moda) liquidez al sistema financiero por medio de un préstamo de 50.000 millones de euros a la banca; y 2) Incrementar de 20.000 a 100.000 euros el depósito mínimo garantizado por cada persona y entidad bancaria con la intención de tranquilizar a los ahorradores.
Ayer estuve en un acto en el que intervino el ex presidente del Gobierno Felipe González, a propósito de la presentación del último libro de José María Maravall, ex ministro socialista y responsable de la campaña de 1993 que otorgó la última victoria a González (contra todo pronóstico y con una crisis económica en ciernes). Se habló de política económica, claro. González respaldó las medidas tomadas esa misma mañana por Zapatero, pero se quejó de la falta de liderazgo a la hora de intentar salvar la crisis y, tan importante como lo primero, para explicarlo con claridad a la ciudadanía (ya en el libro El futuro no es lo que era, que publicó junto al consejero delegado de PRISA, Juan Luis Cebrián, resaltaba el problema que surge con la confusión entre opinión pública –lo que piensa el ciudadano- y opinión publicada –lo que dice la prensa-). “No se puede encarar un crisis que es mundial”, dijo, “con soluciones exclusivamente del ámbito local-nacional”. Finalmente, González desafió cualquier posible síndrome de La Moncloa para invitar a los gobernantes actuales – el se autodefinió como un “jubileta”- a que se esfuercen para ponerse al nivel de los ciudadanos. Para ello ironizó sobre la situación de desconcierto-desgobierno actual con uno de sus habituales chascarrillos, citando a un antiguo profesor de Derecho: “Ya que no somos profundos, seamos al menos oscuros”.