¿De qué sirve ser político si uno no puede ganarse la vida siendo un hipócrita? El escritor Norman Mailer se hacía esta pregunta en una de las cartas políticas que ahora, pasado más de un año desde su muerte, han visto la luz. Aquí se vuelve a ver la faceta de polemista y agitador de conciencias de Mailer, quien concretamente se interroga sobre la hipocresía del sistema bipartidista de EEUU – por tanto muy vigente, porque desde el 4 de noviembre ya se sabrá quién es el nuevo inquilino de la Casa Blanca-. La misiva está fechada en marzo de 1999, en el ocaso de la presidencia del demócrata Bill Clinton. “Que se ocupe de él el cielo”, escribe Mailer, “su delito no es que tuvo un lío en la Casa Blanca, sino que terminó con el sistema de prestaciones sociales que conocemos (…) movido por empresas. En mi opinión, es una monstruosidad ahorrar dinero a base de sermonear a los pobres y lamer el culo a los ricos”.
Mailer era un simpatizante crítico del Partido Demócrata que ahora lidera un tal Barack Obama, pero esta posición no le nublaba para distinguir lo importante de lo impactante: no le interesaba con quién se acostaba y con quién se levantaba el presidente Clinton, si ésta era la primera dama o la mundialmente conocida Monica Lewinsky; él quiere debatir sobre la Seguridad Social. El reto de distinguir lo importante de lo impactante, de lo concebido para llenar con facilidad las portadas de los periódicos: el ex presidente Aznar adelantándose a la rumorología para negar ser el padre del hijo que espera una ministra de Francia; la Iglesia española haciendo campaña para espantar al cristiano de la última película de Javier Fesser, tan maligno como Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar y otros tantos; o el Fondo Monetario Internacional que, reconociendo el delicado momento de la crisis financiera mundial, reprende al director del organismo por mantener una “lamentable” relación privada con una empleada, a pesar de que concluya que no hubo otros beneficios más allá del concubinato. Herencias del caso Lewinsky.
Ya me dirán sin con esta hojarasca no resulta tentador jugar el as del polemista y agitador de conciencias. Es cierto que la hipocresía lo impregna todo y que, por tanto, el político es sólo un alumno aventajado de esta escuela de vida. Ahí tenemos a los banqueros, a los periodistas, a los jueces. Una de las frases más acertadas del ámbito político español, porque hiló fino a pesar de su cargante discurso, se la dedicó el portavoz del PP, Esteban González Pons, al vicesecretario del PSOE, José Blanco. “Blanco quiere parecerse a Alfonso Guerra, pero le faltan lecturas”. La lectura ayuda a combatir al hipócrita que llevamos dentro, aunque no se sabe si permite ganarnos la vida.