Hace tiempo que el dinero suplantó a la religión para convertirse en el único acto de fe del hombre. El poderoso caballero es el protagonista de estos días en los que los gobiernos intentan hacer frente a la crisis global. Ahora recuerdan que son Estado y que, como tal, deben proteger la creencia en el libre y sagrado mercado. La Administración de Bush ha salido al rescate de las empresas que creyeron que hallarían El Dorado (*) en Wall Street, centro neurálgico de las finanzas y ahora agujero negro de la crisis mundial de crédito. Los directivos de muchas empresas (Lehman Brothers es el nombre propio) comerciaron con las hipotecas, con lo que iban engrosando su cuenta bancaria y aumentando su ego de ejecutivos sin escrúpulos de forma paralela a la que llenaban el sistema de la basura que ahora invade los mercados. Pero antaño todo el mundo estaba enamorado de su avaricia descontrolada, incluido los gobiernos, que le siguieron el juego y se empequeñecieron todo lo que pudieron porque el mercado se bastaba por sí solo para corregir las desigualdades sociales y para traer prosperidad a nuestras casas. De ahí que estos visionarios de las finanzas pasearan su avaricia hasta el punto de hacer peligrar el sistema con que se convirtieron en los ricachones del planeta, llevando a la máxima expresión aquella frase de Oscar Wilde: "Las tragedias de los otros son siempre de una banalidad desesperante".
Ahora volvemos a escuchar la cantinela del arrepentimiento que sustenta el mal menor de intervenir en los mercados porque, de lo contrario, las consecuencias se agravarían para el ciudadano medio que creyó depositar sus ahorros en empresas solventes. Es la filosofía que se podría extrapolar a otros ejemplos más mundanos, como lo que ocurre con el Plan de Ayuda Financiera de la Diputación de Sevilla, que ha dispuesto de más de ocho millones de euros para aliviar el déficit económico de 62 ayuntamientos de la provincia (el 57,41% del total). Leo en la prensa local que arrecia el malestar entre aquellos alcaldes que, después de rechazar la contratación millonaria de Isabel Pantoja en las fiestas del pueblo, ahora se hallan marginados frente aquellos otros regidores que irresponsablemente lo empeñaron todo con tal de hacerse la fotito con la tonadillera mediática de turno. El mensaje final es inequívoco en los pueblos con remanente positivo (Lora, según lo publicado, es uno de estos municipios): hay que hacer las cosas mal para que, encima, te premie la administración con la inyección de más dinero.
(*) Las reservas de oro de El Dorado reclamaron a muchos conquistadores que lo empeñaron todo con tal de alcanzar este mítico lugar de América. La mayoría murió en el intento, antes de alcanzar el éxito, porque el paraíso soñado se descubría como una pesadilla donde la dureza de la expedición agotaba todas las previsiones. Claro que entonces no tenían a su servicio unas administraciones públicas tan magnánimas.