lunes, 24 de marzo de 2008

El periodista debe estar siempre en conflicto con la realidad que describe porque, para hacer bien su trabajo, es bueno que alimente su espíritu crítico. La desconfianza es buena compañera de viaje. Esto explica que el periodismo sufra el silencio de los días sin noticias cuando los principales actores de la actualidad, los políticos, cogen vacaciones. Qué remedio. Suele pasar que, tras unas elecciones generales, el periodista ocupa su tiempo en dar palos de ciego por aquí y por allá. La prensa es cada vez más peligrosamente dependiente de la política, y no tanto en el sentido contrario. El problema es que el presidente del Gobierno es durante unas semanas presidente en funciones, por eso se va a Doñana y medita cómo será el próximo Ejecutivo. Pero la prensa no puede abrir ningún día titulando "hoy no hay noticias"; nunca ejerce en funciones. Así las cosas, el periodismo deja en un segundo plano la descripción de la realidad (que suele ser aburrida por monótona) para enfatizar sobre lo que dicen las encuestas de intención de voto o las quinielas del próximo Gobierno. Al reclamo de las fuentes anónimas, la prensa vende historias sobre cómo se gestó la exclusión de Gallardón, por qué Rajoy decidió continuar al frente del PP, o qué tiene Zapatero en la cabeza (Aznar lo apuntaba todo en un cuaderno azul) en lo que se refiere a nombramientos de ministros y otros altos cargos. Las quinielas toman el relevo de los sondeos. Pero, ¿qué pasa cuando el periodista se equivoca por torpeza o se demuestra que sus fuentes estaban desinformadas? "Rajoy decide irse", auguró un periódico en portada el mismo día en que, ya por la tarde, el aludido por el titular se empeñó en desviarse de la realidad descrita para decir aquí estoy y aquí seguiré. Para mí esto es como aquellas ofertas electorales que generaron votos con la misma facilidad con la que pasaron a dormir el sueño de los justos.