Conocido es el empeño del PP en ilegalizar ya a ANV, por ser la nueva marca política de la extinta Batasuna, y revocar la resolución del Congreso de mayo de 2005 en el que se autorizaba al Gobierno a acabar con la violencia de ETA mediante el diálogo. Hay quien no se cree que el Gobierno quiera derrotar a ETA y que, más bien, lo que oculta es una suerte de vendetta: romper España (pasó de moda, pero en las últimas elecciones autonómicas y municipales la traición suponía vender Navarra a las ansias independentistas). El Gobierno y la Fiscalía General del Estado han dicho que están reuniendo todas las pruebas para que la ilegalización de ANV no suponga un fiasco probatorio. El PP no se lo cree. A vueltas con el presente: la sala 61 del Tribunal Supremo ha acordado hoy por unanimidad no decretar el embargo de las ‘herriko tabernas’, locales de reunión de la izquierda abertzale. El Alto Tribunal alega que las pruebas aportadas no son suficientes.
El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, no pudo reprimir las lágrimas el lunes pasado cuando recordó entre agradecimientos el legado de Manuel Fraga, a quien debe su carrera política. El acto se celebró en el Club Siglo XXI e iba a servir para conmemorar que 30 años antes, en plena transición política, Manuel Fraga presentó públicamente (no sin polémica) en aquel mismo salón a Santiago Carrillo. Semanas después el PCE fue legalizado. Al final, Carillo no pudo asistir al homenaje por encontrarse enfermo. Según las palabras de Gallardón, Fraga siempre trabajó por incrementar las libertades en España, incluso cuando su jefe era Franco. A Miguel Delibes se le preguntó hace unos días si le seguía soliviantando la palabra Fraga. Respondió el genial escritor: “Se obstinaba en proclamar que el pueblo en España era libre cuando nadie ignoraba que estábamos maniatados. Él y Juan Aparicio, maestros de censores, fueron para mí las nubes más negras de la negra etapa de la censura en España. Mis más penosos recuerdos de esta época fueron ellos: su persecución sistemática, su dureza… A los mayores tiranos siempre les gustó tener fama de liberadores”.