jueves, 15 de noviembre de 2007

El presidente Chávez se siente cómodo en su circo. Lo último es una aparición en televisión para asegurar que va a “meter el ojo” en cada uno de las empresas extranjeras que invierten y ganan dinero en Venezuela, país donde residen unos 300.000 españoles. Mientras, a la diplomacia española se le critica por no atajar la escalada de declaraciones del mandatario venezolano. El primer paso, dicen, sería llamar a consultas al embajador en España, algo que a la luz de los últimos acontecimientos no sería nada descabellado. A todo esto, la política exterior se sitúa en el primer plano del debate político y mediático. Es un viejo debate sobre una realidad obvia: la política exterior es endémicamente débil porque, entre otros factores, arrastra sus 40 años de aislamiento franquista cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, se constituyó el llamado nuevo orden mundial. La influencia exterior (mucha o poca) de España reside en ser un país de la Unión Europea con múltiples e históricos lazos de amistad en América Latina y (aunque menos) el norte de África. Todo lo demás se resume en lo que Joseph Nye define como “poder duro” frente a “poder blando”, es decir una política exterior donde el fin justifica los medios (la reedición de la ‘realpolitik’ descrita a la perfección en el libro ‘Diplomacia’, de Henry Kissinger) frente a otra donde la coerción y el juego de poderes recomiendan una diplomacia silenciosa pero eficaz. La eficacia, por cierto, es el fin último de toda política exterior. La mayoría de los politólogos y analistas (Robert Kagan, Mark Leonard, Timothy Garton Ash , etc.) ejemplifican en la actualidad ambos poderes en los EEUU (duro) y la Unión Europea (blando).
Hará cosa de un año, leí bastante sobre América Latina con motivo de un viaje de trabajo a Ecuador. Allí visité junto a varios periodistas zonas especialmente castigadas por la pobreza y, aunque evidentemente no soy ningún entendido sobre la cuestión, sí que me sirvió para comprobar cuáles son algunos de los problemas: la corrupción, la desigualdad social, la inestabilidad institucional, la criminalidad, la inseguridad… En la edición de 2006 de ‘Nombres propios’, la Fundación Carolina recoge un amplio análisis sobre esta cuestión. América Latina tiene dos problemas fundamentales:
1) Tiene un déficit importante en lo referente a la fiscalidad (recaudación de impuestos) que imposibilita que los Estados puedan invertir en políticas sociales eficaces que redistribuyan la riqueza. Pese a todo, la receta para aliviar tanta injusticia social no es el resurgimiento de los pseudonacionalismos a lo Chávez y compañía, aunque tampoco, como apuntan otros, la vuelta a aquellas políticas neoliberales que, como ya ocurrió en la década de los 80, condenaron al ostracismo al Cono Sur.
2) La receta pasa por un proceso de integración regional basado en un mercado común estable, es decir un modelo semejante al de la Unión Europea. Lamentablemente no es el caso de Mercosur o la Comunidad Andina de Naciones, ya que las rivalidades entre sus miembros (que no terminan de curarse de la tendencia a promover liderazgos personalistas y populistas) hacen imposible el entendimiento y el fortalecimiento de las políticas internas y externas.
Volviendo al principio, Chávez acudió a la borrascosa Cumbre de Santiago de Chile a última hora, como suele hacer cuando no le interesa lo consensuado por el conjunto de los países. A Chávez no le gustó eso de la cohesión social, así como el rechazo al intervencionismo y la nacionalización de los recursos por parte del Estado (no puede haber mejoras sociales sin crecimiento económico sostenible). Chávez viene arrastrando importantes protestas en Venezuela contra su ansiada reforma constitucional, puesto que anularía la separación de poderes. Pero todo ello no impidió que acaparara una vez más todo el protagonismo.