El caso de un supuesto secuestro de 103 niños chadianos que iban a salir de su país porque así lo quería una (supuesta) ONG francesa. La mentira es destapada y 17 europeos son detenidos en Chad, una ex colonia francesa del África central que hoy dice ser una dictadura constitucional. Entre los detenidos españoles se encuentran tres tripulantes del avión en el que iban a viajar los niños y cuatro azafatas, que regresaron el pasado domingo después de la intervención directa del presidente de la República francesa, Nicolas Sarkozy. Como consecuencia de esto último (Sarkozy hizo aterrizar el avión presidencial para dejar a las españolas en Torrejón de Ardoz), la diplomacia española ha sido puesta como chupa de dómine por su inanición. En ello estamos. Ayer fui uno de los muchos periodistas que hice guardia a las puertas del Ministerio de Asuntos Exteriores para que, después de la reunión con el ministro Moratinos, un portavoz de las familias de los españoles nos dijera: 1) Todo esto es un problema causado por una organización francesa que tenía permisos de Francia; 2) La diplomacia española continúa haciendo gestiones para facilitar la “libertad provisional” de los detenidos (alguien tendrá que responder por los graves hechos si estos son probados), si bien los españoles son “inocentes” porque desconocían el “fin último del viaje”; y 3) Confían en que la justicia chadiana entienda esto y permita regresar a casa a los españoles.
Sarkozy ha venido a la política para salpimentar nuestras vidas. De personalidad volcánica, el presidente de la República francesa se ha convertido en el ídolo de todos aquellos que lamentan la política de Zapatero. La prensa estos días suspira por un Sarkozy en la derecha española, aunque creo que no favorecen con ello al pretendido líder Rajoy. La comparación es la broma; es como aquel chascarrillo del ex presidente González a cuenta del “España va bien” que servía de eslogan en el Gobierno de Aznar. “España va tan bien, tan bien, que Francia va mejor”, ironizaba el otro.
Es cierto que quedaron atrás los tiempos en los que nuestra política exterior sacaba músculo para reconquistar el islote de Perejil ante la mirada atenta de las cuatro cabras que pastaban en él. De la gravedad de estos hechos dio cuenta años después Colin Powell, primer secretario de Estado que tuvo el Gobierno de George W. Bush, quien reconoció que tuvo que mediar en el litigio sobre la "estúpida isla Perejil" porque se lo pidió la que entonces era ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio. Powell es un experimentado diplomático que abandonó la política después de no convencer a nadie en la sede de la ONU en lo relativo a unas armas de destrucción masiva de cierto país que no viene al caso, ya que la diplomacia para con este caso quedará por siempre en el recuerdo de todos.
El caso es que el conflicto por Perejil nos enemistó con Marruecos, país vecino del norte de África con el que andamos diplomáticamente a la greña después de que nuestros Reyes de España visitaran por primera vez las ciudades de Ceuta y Melilla. Porque como es bien sabido (nótese que queda entre paréntesis el caso del Sáhara Occidental), históricamente la relación de Marruecos con España es tan buena, tan buena, que con Francia es mejor.