Dos días después del estreno del tranvía de Sevilla, veo en los informativos que el conocido como Metrocentro ha descarrilado. El metro hispalense todavía no ha tenido la posibilidad de darnos un susto porque aún continúan los trabajos. Un capítulo más que se suma a la larga lista de desgracias de las infraestructuras españolas. La llegada de la alta velocidad a Barcelona es otro asunto que trae de cabeza día a día a los ciudadanos y, por ende, a los políticos que se juegan su futuro en las próximas elecciones. Zapatero fue allí el domingo pasado para comprobar de primera mano el malestar de los vecinos, evidente y manifiesto. El bucle de la polémica. Hasta donde me alcanza la memoria, el AVE fue bautizado allá por los años de la Expo de Sevilla como el “avería”, con el sutil juego de palabras que caracteriza al pueblo. En España pocas cosas escapan de la polémica, y cuando se trata de obras de envergadura hay que reconocer que el currículo de la administración pública está repleto de desagravios para el ciudadano. El soterramiento de la M-30 madrileña, proyecto estrella del alcalde Ruiz-Gallardón, es otra de esas iniciativas urbanísticas que puso patas arriba a la capital.
La ampliación del Prado, una de las señas de identidad del país, tampoco ha escapado a la polémica: el claustro de los Jerónimos, en los aledaños al edificio de Villanueva, ha experimentado una rehabilitación que no ha contentado a todos por igual; por no hablar de un crítica siempre presente, que las obras se han alargado en el tiempo y que el dinero presupuestado para tal efecto se ha agrandado notablemente. El otro clásico que acompaña a toda obra de envergadura en España es que, una vez finalizada, la polémica desiste, durmiendo el sueño de los justos.