domingo, 5 de agosto de 2007

La política también se ha ido de vacaciones, afortunadamente. Padecemos en España (evidentemente, se trata de mi percepción) un fuerte contraste entre la sobredosis de triunfalismo/optimismo por parte del PSOE, que gobierna la nación bajo la dirección de José Luis Rodríguez Zapatero y, por otro lado, la sobredosis de catastrofismo/radicalismo del PP, que ejerce la oposición bajo la dirección de Mariano Rajoy. Cuanto más se acerca la fecha decisiva de unas nuevas elecciones generales, esto es del momento en el que se reparten los papeles en la habitual sobreactuación de la política española, aumenta la inyección directa de las respectivas dosis.
A todo esto, parece que el Gobierno de ZP ha cerrado el curso con mejores expectativas. Más allá de las consabidas guerras de cifras provenientes de las encuestas sobre estimación de voto, el presidente del Gobierno ejerció de tal en el último debate del Estado de la Nación (principios de julio) para zaherir a un Mariano Rajoy que pareció encomendarse a su habitual relato amargo de la cofradía del santo reproche: ya no era que Zapatero se hubiera rendido a ETA en su baldía negociación, sino que le recriminó una y otra vez la entrega de las actas de estas reuniones. Si Zapatero decía que concedería una ayuda de 2.500 euros a las familias por hijo nacido, Rajoy reclamaba las actas; si Zapatero decía que la economía marchaba espectacularmente, Rajoy reclamaba las actas; si Zapatero prometía legislar a favor de los jóvenes, Rajoy, más de lo mismo, las actas, las actas y las actas.
Rajoy es mejor orador que Zapatero, pero Zapatero supo, en esta ocasión, dominar la puesta en escena. Frases cortas y contundentes, casi al modo de los eslóganes tan habituales en campaña electoral. Zapatero utilizó la tribuna del Congreso de los Diputados para dirigirse a los ciudadanos. Rajoy buscó la yugular del presidente del Gobierno (le llegó a invitar a que, si no le hacía caso, cogiera el camino de la Zarzuela y planteara al Rey la convocatoria de nuevas elecciones) y encontró el rechazo generalizado de la ciudadanía que, por cierto, le califica con peor nota que a líderes como Gaspar Llamazares o Duran i Lleida. Zapatero ha sabido tener gestos inteligentes a falta de un programa de gobierno contundente: ganó el debate del Estado de la Nación y, poco después, reformó su gabinete para dar entrada a personalidades tan respetadas como el investigador Bernat Soria y el escritor y crítico literario César Antonio Molina. Retomó de esta forma el control sobre la agenda política. La impresión es que, con el regreso a la lucha policial contra ETA, Rajoy no tiene discurso de calado y que, por ello, se conforma con mantener en guardia al núcleo duro de simpatizantes, votantes y miembros de su partido. Pero Rajoy es inteligente: sabe que así no ganará las elecciones. Entre tanto, gana adectos en las filas socialistas el consejo de un viejo conocido: "Si el enemigo se equivoca, es mejor no distraerle".

Apuntes. “La puesta en escena no es sólo marketing. Consiste en ofrecer a los ciudadanos el marco adecuado, la metáfora necesaria, como nos pide George Lakoff, el pensador de moda entre los progresistas, en su librito No pienses en un elefante. En crisis exógenas los ciudadanos recurren a la narrativa de héroes y villanos. En los ataques terroristas, en principio, el villano es el terrorista y el héroe el Gobierno. La necesidad de una guía se hace apremiante, e incluso en casos como el de Beslán, cuando Putin responde brutalmente a los secuestradores y niños mueren en la "liberación", el villano es el terrorista y no el Gobierno”. (Luis Arroyo, sociólogo, autor de Los cien errores de la comunicación de las organizaciones).