La objetividad periodística, ese remanso de paz en tierra de nadie. Para salvaguardar la objetividad (y la notoriedad del discurso), el periodista que narra un partido de fútbol, dicen, no debe decir de qué equipo es. Como si esta opción no entrañase un engaño mayor hacia el oyente que el que pudiera establecer el propio periodista que se autoengaña deliberadamente ocultando sus preferencias deportivas. Claro que el problema entonces es otro: es el de aquel periodista que narra el partido dejándose llevar por su estado de ánimo y olvida toda ecuanimidad. Al final, los hechos son el asidero del buen periodista: un gol es un gol lo meta un equipo o el otro; y una falta, una falta; y una expulsión, una expulsión. No hablemos de falta de objetividad cuando lo que queremos denunciar es que el periodista no ejerce de periodista, sino de forofo. En las escuelas de periodistas (universitarias o no) te enseñan que es en el periodismo deportivo donde más tranquilamente campa la subjetividad, ya que es un terreno dominado por periodistas/forofos. Cierto que haberlos haylos, pero no en menor proporción que en el socialmente mejor valorado periodismo político. Hoy el discurso periodístico narra la política desde una jerga futbolera, donde el problema no es que este medio se identifique más con el PSOE y este otro con el PP, sino que cada cual sirve a su partido político olvidando que un gol es un gol lo meta quien lo meta. Al igual que hay quien reclama que se hable menos de la marcha de la macroeconomía española (España va bien, ya saben) para hablar más sobre la economía de los españoles, tendríamos que hablar menos de los posicionamientos de cada grupo mediático para buscar, y hallar, a los periodistas que aportan una voz independiente, una mirada particular, bien formada, ecuánime, contrastada. Haberlos haylos.