lunes, 20 de agosto de 2007

En un país cuyo Gobierno se propone legislar a favor de la “memoria histórica” (nombre un tanto desafortunado: o es memoria-individual o es histórica-colectiva) resulta incongruente la dejadez hacia un monumento que congrega (ahora sí) una parte de la historia de España con la memoria de un premio Nobel: la casa madrileña de Vicente Aleixandre. Velintonia 3 simboliza el exilio interior del poeta de la Generación del 27 que, como consecuencia de la Guerra Civil española, vio a muchos compañeros morir y a otros tantos partir lejos de España; simboliza también lo que se ha dado a llamar como la “casa de la poesía”, en recuerdo a la generosidad de Aleixandre para con todas aquellas personas que, de una forma o de otra, sintieran un mínimo interés por la cultura en una época de ruido de sables; simboliza, finalmente, la desidia de un Ayuntamiento de Madrid, un Gobierno regional o un Ministerio de Cultura que prefieren regirse por los réditos especulativos del inmueble en detrimento de lo público. Recientemente, la Asociación Amigos de Vicente Aleixandre volvió a recordar que, a diferencia de lo que ocurre en España, en cualquier ciudad de cualquier país apostarían inteligentemente por la rehabilitación de este tipo de edificios para reclamar un turismo cultural. Pero Madrid quiere ser tan moderna que, a riesgo de morir de éxito, prefiere convertir el centro de la urbe en un gran parque comercial. El teatro Albéniz, los cines de la Gran Vía, los café-tertulias o la Residencia de Estudiantes dan buena fe de esto.

Apuntes. Recordaba el escritor Javier Cercas la llamada a la radio de un oyente que, en la época soviética, quería saber si era posible predecir el futuro. “Sí, no hay problema: sabemos exactamente cómo será el futuro. Nuestro problema es el pasado, que está cambiando siempre”, contestó el locutor, perfectamente instruido en la causa.