A vuelta de las vacaciones da gusto comprobar que hubo quien durante los últimos 30 días trabajó en beneficio de los demás. Huyamos de tópicos recurrentes como el que nos muestra la televisión cada mes de agosto: gente despavorida que escapa de la gran ciudad (siempre enseñan Madrid) para zambullirse en el agua (con o sin medusas) de las costas españolas bajo el sofocante sol, a ser posible en su hora cenital (el efecto visual queda muy bien en la cámara porque incrementa la sensación veraniega, mitad placentera, mitad agobiante). Yo prefiero mensajes más subliminales: en el bloque de pisos en el que vivo, por ejemplo, todos los buzones (siete) están vacíos porque supongo que mis vecinos dejaron Madrid con los deberes hechos en el mes de julio; en cambio, el mío me recibe repleto de cartas del banco, propaganda del supermercado, teléfonos con servicio de cerrajería (por si me dejé las llaves en Lora) e incluso con una invitación para recibir un masaje “relajante” (pagando, según la letra pequeña del folleto). Todo sea por ayudar a atemperarnos en nuestro regreso al trabajo. Ayer en la redacción comprobé que la diferencia entre quien se fue de vacaciones y el que no (ya digo, más allá de los tópicos: el que está moreno, el que ha ganado algunos kilos, etc.) es que, para los primeros, el descanso nos ha transportado a un estado de irrealidad tal que no comprendemos la gravedad de asuntos tan reales como la ola de calor africano que azota a España, un país ya de por sí asediado por el paro, por la guerra de la financiación autonómica y por el pulso al Estado de terroristas sanguinarios que salen de la cárcel, como si todo el mundo tuviera derecho a tener vacaciones. De ahí (sospecho) el cabreo de los segundos con nosotros, empeñados en banalizarlo todo. Lo curioso es que la irrealidad se apoderó ayer de la redacción de Europa Press cuando dos jóvenes flamencos provistos de guitarra y caja llamaron a una redactora de Cultura para presentarle una campaña de publicidad y, sin solución de continuidad, obsequiaron a los presentes (incluido a los que volvíamos de las vacaciones) con una rumbilla voluntariosa que, curiosamente, amenizó la tarde. La actuación duró unos minutos, pero tuvo un efecto similar al de un relajante masaje (y gratis). Creo que la campaña publicitaria que presentaban tuvo éxito.
Este blog cumple su primer año de existencia con el deseo de que la banalización no se apodere de la realidad.