jueves, 22 de noviembre de 2007

Estaba todavía acomodándome a los primeros minutos laborales (a mí me los pagan a partir de las seis de la tarde, puesto que en mi contrato consta que soy redactor de noche) ensimismado en la lectura de un artículo publicado en la prensa de la mañana, cuando empecé a notar un revuelo incesante a mi alrededor. Levanté la cabeza y comprobé que casi nadie estaba sentado. El culpable de todo era un teletipo urgente: Fallece Fernando Fernán-Gómez. “¡Ufff! Menos mal que no ha sido una hora más tarde…”, resopló aliviada la redactora jefe de Cierre. Los compañeros de Cultura, con mala cara, iban y venían en busca de café: la jornada de hoy (por ayer) comenzó para ellos a las ocho de la mañana y se alargaría más allá de las nueve, las diez de la noche o quién sabe. El periodismo es precavido para las necrológicas y aquel titular llevaba días a la espera del desenlace anunciado. “Niño, los teléfonos de los tanatorios”. “Nosotros buscamos confirmación del hospital”. “Llama al Congreso, al Senado… que busquen reacciones”. Las órdenes iban llegando en cascada. Una llamada de la Academia del Cine, o quizás de la Lengua, quién sabe, aumentó el nerviosismo: falsa alarma, no ha muerto. Las fuentes, ay, las más de las veces no son fiables. En medio de la vorágine, me marché a la misa en recuerdo del diputado del PP Gabriel Cisneros, uno de los ‘padres’ de la Constitución. Un político querido, que estuvo siempre al servicio del bien común, artífice del renombrado consenso político. Los Príncipes de Asturias presidieron el funeral, oficiado por el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela. “Consigue lo que puedas”, fue la orden. Cuando volví, al cabo de un par de horas, la redacción respiraba aliviada con la satisfacción del deber cumplido. Los premios de la Academia de la Televisión rendían homenaje a Fernán-Gómez. “Me alegro mucho de entregarte este premio, pero como lo haría si el premio fuera para otro”, le dijo en una ocasión Fernán-Gómez a un director tras hacerle entrega de un galardón. Los titulares de hoy no disimulan los epítetos: cómico total; polifacético; indomable; maestro; genio atronador; leyenda de la escena; espíritu libre. Murió en Madrid a los 86 años.