Es curioso cómo los tertulianos de siempre reclaman el espíritu de la transición quejosos por la crispación que vive el país y, acto seguido, contribuyen al pimpampum sin sonrojarse y sin abandonar la mala hostia. Diría más: las numerosas tertulias de la televisión y la radio son el verdadero caldo de cultivo que alimenta la retroalimentación de las respectivas barricadas. (No soy nada optimista después de que un acreditado periodista como José María Calleja se erigiera en protagonista de la noticia para lanzar un disparate contra la colega Isabel San Sebastián en el estresante programa-debate ‘59 Segundos’). Voy a un hecho concreto: el domingo Rajoy anunció que, si gana las elecciones, los que cobran menos de 16.000 euros al año no pagarán el IRPF. Ese mismo domingo, por la noche y como es habitual en todos los partidos, llegó a las redacciones un argumentario sobre los beneficios de la medida (ojo: nada de cómo se llevará a cabo, cómo se aplicará, cuánto costará, etc.). Yo recibí y leí ese argumentario, el mismo que ha sido punto por punto cacareado por todos los tertulianos-periodistas (cobrando en un día lo que un mileurista al mes) que aplauden estos días la oferta en cuestión. Sin añadir nada más. Así me lo guisan, así me lo como. Que conste que el PP ha hecho su trabajo y, además, muy bien; lo que a mí me preocupa es la falta de rigor del informador, rebajado hasta el papel de mensajero cuando no simplemente palmero.
Anteayer leí el prólogo que el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales escribió a su libro ‘A sangre y fuego’. Lo leí deseoso de corroborar por mi cuenta lo que la crítica viene a subrayar (más bien vino, puesto que fue editado en 2001): es un libro hecho de relatos no ficticios sobre la Guerra Civil española que oscurece a los otros cientos de relatos publicados, la mayoría de ellos sobrados de retórica guerrera. El prólogo es sencillamente prodigioso, máxime porque fue escrito en 1937 en el exilio parisino del escritor. Chaves Nogales no era apolítico, sino un hombre de izquierda que se definía “liberal pequeñoburgués” por herencia familiar, antifascista y antirrevolucionario por temperamento, pero no por ello infiel a la República parlamentaria nacida de las urnas y violentada por los golpistas en 1936. Murió en Londres, alejado de su familia, como tantos otros intelectuales que dejaron de ser españoles en un momento determinado. A pesar de todo, denunció a los “idiotas y asesinos” que se daban “con idéntica profusión en ambos bandos”. Era una España en la que uno no podía pensar por sí mismo. Primero hubo que elegir militancia y, finalmente, abnegar de cualquier idea propia y original.
Frente a la singular honradez de Manuel Chaves Nogales se advierte hoy una saturación de retórica interesadamente sesgada. Unos periodistas muy ufanos cuando toca defender el liberalismo y el espíritu de la transición, al tiempo que chapotean alegremente en la propaganda. Un monólogo frente a otro monólogo, cada cual sujeto a unas ideas hirientes que deberían aturdir al ciudadano más voluntarioso.