Vasos comunicantes: 'Incendiarios y bomberos'
Todos nacemos incendiarios y morimos bomberos. De alguna forma, esta cita nos advierte del paso lento pero irreversible entre la utopía de la juventud y el pragmatismo que nos alcanzará conforme nos hagamos mayores. Aquí habría que apartar a alguna noble excepción que sigue con el paso de los años aportando ideas afiladas que, una vez en el mercado de la opinión pública, no suelen dejar indiferente a nadie.
Ya sé que para muchos esto es un tostón, pero en España existen leyes e instituciones que deben velar por la feliz convivencia de todos, a pesar de que muchos de sus supuestos guardianes se empeñan en ponerlas en un brete. De una forma irresponsable, parece que gana fuerza esa competición alocada y frenética para ver quién hace más por enfrentar a los ciudadanos. Quien quiera puede hacer la prueba y rastrear esta semana la prensa, donde encontrará calificativos tan enriquecedores como "tontos del culo" o "bellacos" en boca de nuestros representantes políticos.
¿Que no es suficiente con el calentón de un día? La Comunidad Valenciana reinterpreta una ley educativa estatal para impartir una asignatura en inglés y hacer notar su objeción pese a quien pese, empezando por el alumnado; el Congreso se enfrasca en un cruce de acusaciones por intentar colocar una plaquita a la monja sor Maravillas, sin duda de tanta influencia en el parlamentarismo español como Clara Campoamor; el juez Garzón pone en guardia a los nostálgicos del antiguo régimen tras amenazar, y luego arrepentirse por ilógica, con una causa penal contra una serie de señores muertos y enterrados; o los miembros de la Corona, institución que hasta ahora representaba el entendimiento entre españoles, acogiéndose a su libertad de expresión para mandar a callar a otros mandatarios o soltar en el libro de una periodista su perspectiva moral sobre el aborto o la eutanasia, aunque no sobre el divorcio que sí afecta a significados miembros de la Casa. Y así.
Seré un iluso, pero yo todavía sigo creyendo que la política (en un sentido generoso de la palabra) tiene una parte noble. Es aquella que sirve al bien común y que culmina en el estadismo: en la defensa de las instituciones, en huir de falsas polémicas, en trabajar por los proyectos comunes de la ciudadanía, por el progreso de la sociedad. La política de Estado fue una gran idea de la transición, que se concretó en la Constitución.
Ahora tenemos un problema básico: las buenas ideas son un bien escaso. Además, la política ha renunciado a comercializar esas ideas para llevarlas a la práctica, imbuida como está en el tráfico de declaraciones y eslóganes que llenan las tribunas de los medios de comunicación. El estadista se ha convertido hoy en un hiperagente comercial. Deslizaré una sospecha: este debate timorato, caracterizado por el quiero y no puedo, lleno de epítetos malintencionados, no es más que una cortina de humo que tapa nuestras vergüenzas.
La Constitución es el punto de partida de la España democrática. Debemos estar orgullosos de este periodo, pero sin olvidar que por lo que se nos juzgará será por lo que hagamos en adelante. Si no tenemos nuevas ideas para asegurar el trabajo, la vivienda y un salario digno, es decir lo de siempre, al menos debemos reclamar que exista un debate ponderado entre incendiarios y bomberos. Y que ese debate ponderado no sea invocado sólo en los aniversarios.